Ovaciones, baile y emociones en el show de Bosé en Quito.

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vye03w250212-photo01_456_336Seductor, solidario, contemporáneo, vigente… así se mostró Miguel Bosé en su concierto ofrecido la noche del pasado viernes en Quito.

En este encuentro de sus seguidores, que desde temprano hicieron largas filas para entrar, Bosé “autorizó” a los asistentes, que llenaban en su totalidad el coliseo General Rumiñahui, para que hicieran lo que quieran. Esas provocaciones al público recibieron gritos potentes que estremecían el escenario deportivo.

Bosé subió al escenario con ocho músicos y coros, vestido con un pantalón rosado y una chaqueta multicolor, cantando Mirarte.

Sobre la tarima se montaron tiras de tela colocadas en ondas a manera de techo que bajaban y subían y asumían los colores que proponía el juego de luces. Con Duende puso al público a bailar y cada uno seguía con sus manos las coreografías propuestas por Bosé.

Cuando sonó Nena, ya todo el mundo estaba de pie siguiendo sin parar a Bosé, quien por más de dos horas de concierto hizo un paseo por sus 35 años de carrera artística

Canciones como Amiga, Linda, Bajo un sol forastero, Los chicos no lloran, Te diré, Creo en ti, entre otras del inicio de su carrera, ahora tenían un sonido contemporáneo que encantó a su público.

Con estos temas propuso parar el tiempo y dar un salto hacia atrás “en el primer día cuando nos encontramos” y en realidad Bosé quería saber si entre el público había “sobrevivientes” que han seguido su carrera. Pero no faltó decirlo y hombres de edad adulta y jóvenes estaban allí coreando su música.

Hizo una pausa en su concierto para hablar de un mundo nuevo que merecen los hombres, sin violencia, en el que no exista la guerra, que es “el peor juguete que haya inventado el hombre”. “Soy un hombre de paz y digo: A la mierda la guerra”, subrayó.

Reclamó que la paz sea un derecho natural y apuntó que quizá los hombres han fallado en ponerle fin a la guerra. Y dio paso a otro tema: Gulliver.

En el espectáculo Papitwo, todo está milimétricamente sincronizado: las luces, el sonido y la escenografía; en tres pantallas centrales aparecían imágenes de Bosé, mientras él se paseaba por el escenario con sensuales movimientos, paradas hasta teatrales y bailando incluso rap en algunos momentos del concierto.

Hubo otros momentos más emotivos en los que algunas parejas se tomaban de las manos y otras se abrazaban, y eso era lo que provocaba Bosé: sentimientos, recuerdos, situaciones, principalmente cuando entonaba Olvídame tú, Aire soy o Morir de amor.

Sus opiniones sobre la solidaridad, que es aquella que se ejerce porque dignifica, “hay que dar todo para que recibas lo que das”, arrancaban aplausos y más gritos de sus seguidoras.

Vinieron temas como Sevilla, Como un lobo, Bambú, que apenas eran parte de la mitad del espectáculo, porque uno de los encuentros que encantó al público fue el dúo con el músico ecuatoriano Juan Fernando Velasco en Nada particular, una cita “con un amigo justo”, mencionaría Bosé.

Y faltaba dedicar cada canción, por eso, la que venía, Morena mía, era para aquellas mujeres altas, rubias, bajas, gorditas, bonitas y fantásticas que al entonarla los gritos se volvieron en histeria colectiva.

Por tres veces intentó irse del escenario, tres veces se despidió, pero el público quiteño no lo dejó ir. Por eso regresó, para hacerlos volar con la composición Si tú no vuelves.

Otro tema en el que mostró sus dotes de bailarín fue en “Estuve a punto de…”, como si tratara de un rap. Se fue al grito de Bosé, Bosé, y volvió dos veces más por exigencia de su público que quiso más horas de concierto, pero con el festín de esa noche se fue más que feliz.

En su cuenta de Twitter, luego del concierto, escribió: “Grandioso, espectacular… increíble Quito”.

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