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Barack Obama: “Trump ha hecho mucho daño en EE UU y en el resto del mundo”

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En una conversación con el director de EL PAÍS, el expresidente reflexiona sobre el momento actual y la pandemia, los cuatro años de Trump en el poder, la polarización en su país y también el futuro con Biden al frente de Estados Unidos. Su conclusión es optimista, un optimismo “cauto”

El momento no podía ser más interesante para entrevistar a Barack Obama, expresidente de Estados Unidos, premio Nobel de la paz 2009, jefe de quien será el próximo presidente y una de las figuras políticas más importantes en lo que llevamos de siglo. El encuentro tuvo lugar el domingo 15 de noviembre en el Fairmont Hotel de Washington DC, con las medidas de seguridad requeridas en la situación actual. Allí acudió el director de EL PAÍS, Javier Moreno, y un equipo de vídeo que viajó desde Madrid y México para poder ofrecer las imágenes completas de la única entrevista que Obama ha concedido a un periódico en español desde la victoria de Joe Biden el pasado 4 de noviembre.

Estados Unidos vive días extraños. Los protocolos para el traspaso ordenado del poder, tan venerados como la propia República americana, se ven ahora en peligro por la negativa del actual ocupante de la Casa Blanca a reconocer su derrota. Se trata de un rito laico, una liturgia democrática por la que el perdedor no sólo admite su derrota, sino que, al aceptar el triunfo de su rival, le entrega la legitimidad para que prosiga, como en una carrera de relevos, la búsqueda de esa “unión más perfecta” que prescribe la Constitución. Es también un mensaje a todos los ciudadanos, especialmente a los que estuvieron en el bando perdedor, de que llegó el tiempo de sanar heridas. En el libro que acaba de publicar, Una tierra prometida (Editorial Debate), el expresidente Barack Obama recuerda la impresión que le causó la elegancia con la que Bush y su familia oficiaron ese deber. “Me prometí a mí mismo”, escribe, “que cuando llegara el momento trataría a mi sucesor de la misma forma”. Su sucesor fue Donald Trump. Así que, en una conversación que mantuvimos el domingo pasado en Washington, le pregunté si, efectivamente, así lo hizo, con elegancia.

—Sí, lo hice.

—¿Fue duro?

—Un poco… sí. [Obama no puede evitar una sonrisa de admisión cómplice en este momento]. Pero aun así llamé a Donald Trump la noche de su elección para felicitarle, cuando el margen de su victoria con respecto a Hillary Clinton era el mismo que el margen que tiene Joe Biden en estas elecciones. No retrasé la llamada durante semanas ni fingí que no había pasado lo que había pasado. Unos días después, invité a Trump y a Melania a la Casa Blanca. Pedí a todos mis equipos y departamentos que prepararan los manuales de transición. Pero parece que no se los leyeron. Uno de ellos versaba sobre cómo abordar una posible pandemia. Ese traspaso pacífico de poder entre partidos es parte de lo que hace funcionar a una democracia.

—Lo que nos lleva a lo que está pasando ahora. No es que Trump no haya invitado a Joe Biden a la Casa Blanca, es que ni siquiera ha reconocido su derrota. ¿Se hubiera imaginado que algo así pudiera ocurrir? ¿En su país?

—Ni me lo hubiera imaginado hace cuatro años. Me entristece reconocerlo, pero no me sorprende que Donald Trump se esté comportando así al final de su presidencia. Michelle y yo hemos hablado mucho al respecto, especialmente durante las últimas cuatro semanas. Ella es más pesimista sobre la naturaleza humana. Pero yo tiendo a ser más optimista. E intento recordarle que, cuando nací, en gran parte de Estados Unidos, en este hotel, por ejemplo, no había clientes afroamericanos. Si usted y yo hubiéramos estado juntos, lo más probable es que yo hubiera cargado con sus maletas. Eso lo he visto yo. Y, sin embargo, aquí está usted sentado con un expresidente de Estados Unidos. Por muy frustrantes y descorazonadoras que puedan resultar a veces las noticias, 59 años en la historia de la humanidad es un parpadeo. Y eso es progreso. También en otras partes del mundo. Cuando nací, España no era una democracia y Europa aún se estaba reconstruyendo tras una guerra en la que habían muerto más de 60 millones de personas.1. Un país dividido

El hotel en el que estamos sentados, el Fairmont, se encuentra en Georgetown, un barrio de la capital federal que acoge a la universidad del mismo nombre. El sábado por la mañana lució soleado y cálido, un tiempo excepcionalmente acogedor para mediados de noviembre. Los estudiantes abarrotaban las terrazas de cafés y restaurantes, en calles alineadas con casitas de ladrillo visto, en un ambiente de serena tranquilidad. A pocos kilómetros, sin embargo, todo era vocerío. Miles de partidarios de Trump, venidos de todo el país (en Washington, el 90% votó por Biden), ocuparon el enorme espacio público entre la Casa Blanca y el Capitolio, con pancartas que denunciaban un fraude que no existe más que en sus cabezas y que anticipaban, ya de paso, el apocalipsis. Derrotado por el sol, un señor mayor sentado en la acera sostenía un cartelón que rezaba: “Si Biden llega a la Casa Blanca será el final de EE UU”.

Toda esa crispación empezó hace cuatro años; o quizá antes aún. Tras dejar la Casa Blanca, Obama embarcó, junto con su esposa, para su último viaje en el Air Force One. “Rumbo al oeste”, sin precisar más, escribe en su libro, casi 1.000 páginas, el primero de dos, en el que recorre su improbable ascenso de oscuro legislador en Illinois al Senado de Estados Unidos; y de ahí, casi sin solución de continuidad, a candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, esperanza de millones de estadounidenses en un cambio largamente demorado y, finalmente, tras una explosión de júbilo como no se había visto en décadas, al Despacho Oval. Aquel día, a bordo del avión presidencial, sin embargo, su estado de ánimo era agridulce “por los inesperados resultados de unas elecciones”, escribe, que llevaron al poder a “un sucesor con unas ideas diametralmente opuestas a las nuestras”. Lo que vino después no mejoró las cosas. Así que le pregunto por su estado de ánimo esos cuatro años.

—No cabe duda de que Trump ha hecho mucho daño en Estados Unidos y en el resto del mundo. Si se ignora a la ciencia, si se ignoran los datos, entonces la pandemia se agravará. Si se alienta o se muestra cierta tolerancia hacia comportamientos racistas, entonces quienes albergan esos impulsos se sentirán más motivados para desplegarlos. Si se recibe a dictadores con los brazos abiertos, entonces el compromiso con la democracia se verá disminuido. Durante los últimos cuatro años, ha habido momentos en los que he sentido frustración, en parte porque mi primer mandato comenzó en 2008 [tomó posesión en enero de 2009], cuando Estados Unidos comenzaba a sufrir los efectos de una crisis financiera global. Luego estaba la guerra de Irak [que empezó con Bush, su antecesor], que dividió a la sociedad estadounidense y aisló a muchos de nuestros aliados. Durante ocho años, trabajamos muy duro para recuperar la posición de Estados Unidos en el mundo y para reconstruir la economía. Cuando finalizó mi segundo mandato, el país ocupaba una posición fuerte. Y luego ves cómo todo ese progreso se disipa sin que haya necesidad de ello. Sí, a veces es muy frustrante, sin duda.

 

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