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Estados Unidos afrontó su noche electoral más incierta

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En las últimas horas de la campaña electoral, mientras el presidente saltaba de estado a estado dando mítines y haciendo el último esfuerzo antes de que la suerte quede echada, Washington entraba en una tensa espera. Una reja a prueba de asalto rodeará este martes la Casa Blanca, custodiada por cientos de agentes del Servicio Secreto y otras fuerzas de seguridad. Más de 250 soldados reservistas de la Guardia Nacional han sido desplegados por si hay disturbios en la capital, y decenas de grupos han convocado varias protestas aquí en Washington para cuando cierren las urnas y comience el recuento.

Nunca antes unas elecciones en EE.UU. se habían producido entre semejantes medidas de seguridad, en un ambiente de tanta incertidumbre y temor. Milicias de todo el país amagan con acudir con armas a las urnas en caso de que haya que tomar medidas contra el supuesto fraude que denuncia el presidente. En Texas, coches de partidarios de Donald Trump casi hicieron descarrilar un autobús de la campaña de Joe Biden este fin de semana. El recuerdo de los saqueos, incendios y derribo de estatuas de este verano aún está presente, y en Filadelfia todavía hay disturbios.

El lunes, en la primera mañana verdaderamente otoñal de este año atípico de pandemia, decenas de obreros tapiaban ventanales, cubrían escaparates con chapa, rodeaban edificios con verjas metálicas. El perímetro de seguridad de la Casa Blanca se había expandido ya, y no se permitía el acceso a la plaza de Lafayette, que normalmente bulle con una variada fauna de turistas, manifestantes y predicadores. Trump llega así a una de las pruebas más importantes de su vida en un búnker, desde el que seguirá el recuento y, si se tercia, cantará victoria. De momento hay preparada una velada con unos 400 invitados en la solemne Sala Este, donde, entre tapicería dorada, cuelgan los retratos de George Washington y su esposa Martha. Es el lugar, por ejemplo, en que tuvo lugar el velatorio de John Kennedy tras su asesinato.

El aislamiento de la Casa Blanca
Con Trump se ha consumado el aislamiento de la Casa Blanca, que comenzó con Bush tras los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Entonces ya se reforzó el perímetro de seguridad y se cortaron varias calles al tráfico. Hoy ese perímetro se ha multiplicado por dos, con más vallas, más barricadas de cemento, más agentes. Esta es, en varios sentidos, una presidencia con mentalidad de búnker.

Nunca, desde los años de Richard Nixon, ha recibido un republicano más del 20% de los votos en Washington. Hillary Clinton se impuso a Trump aquí con un 90% de apoyos. El presidente, al contrario de Obama, Bush y Clinton, no ha hecho vida en la capital. No ha ido de restaurante, no se ha dejado ver comprando flores ni ha salido con sus guardaespaldas a pasear o correr. Es más, a finales de mayo, cuando el país ardía por la protesta racial y una turba amenazaba con asaltar la Casa Blanca saltando la reja, el Servicio Secreto bajó al presidente al búnker subterráneo, algo que no sucedía desde aquellos aciagos días de los ataques de 2001. Molesto porque los votantes le imaginaran refugiado en un búnker, el presidente ha mantenido desde entonces que sólo bajó a inspeccionarlo y que salió de allí en cuestión de minutos.

Este pasado fin de semana, como aperitivo de los disturbios que pueden venir, cientos de personas se han concentrado en el centro de Washington y han marchado puño en alto gritando el lema «las vidas negras importan», que ya entonaron durante la protesta racial del verano. La policía local les ha seguido de cerca, pero estos grupos a menudo se reúnen sin avisar a las autoridades, cortando calles y marchando de forma improvisada, como han hecho en semanas pasadas ante la propia Casa Blanca o el hotel Trump, que está en la avenida Pensilvania, entre ésta y el Capitolio.

Tiene sentido, entonces, que el presidente se quede en su residencia oficial este martes, porque a esos grupos de manifestantes, convocados alrededor de la Casa Blanca para cuando comience el recuento, les resultará relativamente fácil volver a cortar esa misma avenida Pensilvania.

Ya en verano, una turba intentó derribar la estatua ecuestre del presidente Andrew Jackson, justo enfrente de la Casa Blanca, algo que la policía impidió. Por eso, el presidente ordenó construir un perímetro de seguridad alrededor de las calles aledañas a su residencia. Unos vándalos también intentaron quemar una iglesia, prendiendo fuego a su sótano, donde estaba la sacristía. El 2 de junio, Trump ordenó desalojar las calles y se hizo acompañar de varios generales hasta esa misma iglesia, donde posó con una Biblia, prometiendo algo que se ha convertido en uno de los eslóganes de su campaña: ley y orden.

 

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