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Pink Floyd culmina su carrera con el tributo instrumental «The Endless River».

Victor Guillermo Gonzalez Delgado
3 Min. de Lectura

Al mismo tiempo que se ponía a la venta a través del sello Parlophone, este trabajo se presentó en un acto por todo lo alto en Londres, en el que la inconfundible música de la banda se acompañó de una instalación de luz y proyecciones psicodélicas como los temas que les llevaron a la fama en los años 60 y 70.

Una selecta lista de invitados acudió a la velada en el Porchester Hall de Battersea, donde los asistentes pudieron escuchar el disco sentados en mesas bajas iluminadas con lámparas marroquíes y entre perfume de incienso.

«The Endless River» recupera los sonidos del grupo en los años 90 y, según había explicado anteriormente David Gilmour, uno de los productores junto con Phil Manzanera, Youth y Andy Jackson, bebe y se nutre de «la música que surgió de las sesiones (de grabación) de Division Bell en 1993».

En esas sesiones estaba presente todavía el teclista Rick Wright, fallecido en 2008 y a quien sus compañeros Gilmour y el batería Nick Mason dedican el trabajo como un «homenaje póstumo».

«Escuchamos más de veinte horas de nosotros tres tocando y seleccionamos la música sobre la que queríamos trabajar para este nuevo álbum», afirmó Gilmour, quien señaló que se han añadido «partes nuevas» para convertir el trabajo «en un disco de Pink Floyd del siglo XXI».

Tanto Gilmour como Mason tenían interés en que esta obra, con destacada música de teclado, constara en su repertorio a fin de saldar su deuda con Wright, al que, admiten, no valoraron lo suficiente en vida.

«Fue subestimado por el público, por los medios de comunicación y a veces, odio decirlo, por nosotros mismos», dijo Gilmour en declaraciones a la BBC.

«No siempre le reconocí debidamente. La gente tiene diferente actitud hacia su trabajo y podemos hacer demasiados juicios de valor y pensar que alguien no se está esforzando lo suficiente, sin darnos cuenta de que su esfuerzo es diferente», admitió.

Para Mason, el disco «es una gran oportunidad de reconocer, recordar y quizás dar más crédito, si bien un poco tarde», a Wright, que murió a los 65 años.

«Creo que este álbum es una buena manera de reconocer mucho de lo que hacía y cómo su manera de tocar estaba en el corazón del sonido Pink Floyd», afirmó.

«Escuchando de nuevo las sesiones, me ha recordado qué músico tan especial era», agregó el batería.

El resultado es un álbum de cuatro caras al más puro estilo Pink Floyd, con sonidos surrealistas y casi étnicos, muy sugestivo y reminiscente de lo mejor del grupo.

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